Paulina Benavente

Hasta que se demuestre lo contrario

Mentalmente, fui repasando uno a uno los porqués admiraba a Rafael Márquez Álvarez

Casi mediodía del miércoles, todo sereno. Por la mañana, partido del primer draft de la LNBP, Javier Hernández daba cátedra desde Londres sobre el respeto a las vidas y decisiones ajenas, y por la noche habría que esperar cómo terminarían por enfilarse los Playoffs de la LMB. Cerraría con una fecha más de las noches mágicas de Copa MX; en sí, un día normal.

La agenda no planteaba ningún hecho que rompiera con la cotidianidad de un “ombligo de semana” cualquiera en el deporte mexicano, pero pocos minutos antes del mediodía, el Departamento del Tesoro de Estados Unidos puso a todas las redacciones a trabajar. No tengo que contarles lo que ya saben: Rafael Márquez aparecía en el organigrama de la red de operaciones del narcotraficante Raúl Flores, presentado por esta dependencia.

¡Pffff! ¡Rafa Márquez, nuestro capitán! Sí ¡sorpresa, sorpresa! Su nombre, su fotografía estaban ahí, nueve de las 43 empresas nombradas en el reporte estaban directamente relacionadas con el futbolista. Definitivamente, el día sería largo.

Más allá de todo la información y desinformación que se generaba, comencé a pensar en la final del Verano 1999, una de las mejores  de la historia del futbol mexicano. Me remonté a la figura de ese defensa central que comandaba una nueva generación de futbolistas, su estilo de juego tan elegante y preciso, pocas veces bajaba la mirada para saber dónde estaba el balón; pensé en los goles que anotó con la Selección Mexicana, sobre todo aquel ante Argentina en el Mundial Alemania 2006. Lo detestaba como rival en el futbol español, el líder del futbol mexicano dentro y fuera de la cancha.

Mentalmente, fui repasando uno a uno los porqués admiraba a Rafael Márquez Álvarez, sin ser seguidora de ninguno de los equipos en los que militó, mientras mi mente maquilaba una desilusión. A nuestro México se le caía un “héroe”, y esto arrastró consigo una pequeña muestra de la decadencia de la sociedad en la que vivimos y convivimos, sacaba a la luz la ignorancia de un país reflejada en el típico “aquí de todo hacemos chiste” o “nos reímos de nuestras desgracias”, exhibiendo la poca cultura de las mayorías; desilusión por partida doble.

No tengo mazo para dictaminar sentencia, no soy parte de la Unidad de Inteligencia Financiera y mucho menos experta en la Ley Federal para la Prevención e Identificación de Operaciones con Recursos de Procedencia Ilícita. No soy más que una mexicana que, más allá de la admiración por un futbolista, está cansada de que en este país se viva a merced de la violencia e inseguridad que en estructura casi como “federación” genera el narcotráfico. Soy una más harta de la injusticia y sí, me gustaría pensar que el caso de Márquez es uno más, pero más allá de este culto futbolístico, sin juicio o señalamiento personal, nuestro capitán —como él lo dijo— juega el partido más importante de su vida y tiene el marcador en contra, hasta que se demuestre lo contrario. 

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